lunes, 31 de julio de 2017

El ojo parpadeante, Sam Shepard.

El ojo parpadeante / Sam Shepard


Es la hija menor de la mujer cuyas cenizas están en el asiento del copiloto, en una urna de cerámica verde. Se siente bien por ser la más joven y la única responsable de llevar los restos de su madre a través del país, justo a tiempo para el funeral familiar en Green Bay. Está contenta de haber tenido finalmente tiempo para estar a solas con su madre, y habla con la alargada urna verde, mientras conduce a toda velocidad a través de Utah, con una voz exactamente igual a la que utilizaba cuando su madre estaba viva. Habla en voz alta mientras sus ojos exploran un enorme mar blanco de sal. -No sé, mamá..., pensaba que ese cheque era para mí. De verdad que lo pensaba. Si no, nunca lo hubiera cobrado. Ahora Sally está enfadada, ofendida, como si le hubiera robado algo o cometido algún horrible crimen a sus espaldas. Se pone tan violenta conmigo, a veces. Contigo nunca se comporta así, pero conmigo es otra historia. Yo pensaba que me habías dicho que fuera a cobrar el cheque. Yo entendí eso. Creí que me habías dicho que adelante y que lo cogiera cuando todo hubiera terminado. No digo que me lo debieras ni mucho menos. Nunca me lo pareció. Sólo pensé que era algo que querías que yo tuviera. Estaba allí, invitándome a cogerlo, sobre tu mesa, al portador. Así que lo cogí. Ahora Sally dice que tendría que habérmelo repartido con ella a partes iguales. No sé, sólo son cien dólares y se está comportando como..., no sé. Da igual. No quiero parecer..., es que a veces no la entiendo, la verdad. Como si yo fuera su peor enemiga o algo así. Estará en el funeral y tendré que discutirlo todo con ella otra vez. Otra vez igual. No se rinde nunca. A mí me encantaría darle los cien dólares si tanto le importan, de verdad. Me importan una mierda esos cien dólares, en serio. Pero ya me los he gastado para pagar el coche y ella cree... ella cree que yo estaba desesperada y cobré el cheque sin consultárselo. Eso es lo que le molesta. Que no se lo consultara. Se cree... Justo en este momento, ve algo en la larga franja de carretera vacía, delante del coche, algo que revolotea, planeando bajo, justo por encima de la línea blanca medio borrada que separa los carriles. Su mente intenta identificar la forma y la acción con algo conocido: una caja de cartón rota agitada por el viento; un trozo de ropa de alguien; un pedazo destrozado de neumático de camión. Levanta el pie del acelerador y se olvida de todo lo relacionado con su madre muerta o su hermana viva y enojada. Ahora sólo se concentra en sí misma. Piensa que podrían ser plumas; un ala levantándose con las puntas rojas y volviendo a caer contra el asfalto picado. ¡Un pájaro gigante! Cuando está a punto de arrollarlo, pisa el freno y derrapa bruscamente hacia la cuneta. Ve un ojo amarillo penetrante cuando pasa por su lado. Un ojo horrorizado, enterrado  en un revoltijo de sangre y plumas pegadas al asfalto, y un ala enorme batiéndose para coger carrerilla. -¡Dios mío, es un halcón! -dice en voz alta-. ¡Un halcón precioso! ¡Dios mío! Dios mío, ¿qué voy a hacer? Sale del coche a toda prisa, cierra la puerta de golpe y echa a correr hacia el pájaro herido a través del polvo que ha levantado el coche. Se para en seco y se coge la cara con ambas manos, un gesto que ha adquirido de ver tanta televisión matinal. Tose por culpa del polvo y empieza a repetir "¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío!", como si fuera un mantra que de alguna manera pudiera ayudarla a solucionar la situación. El enorme halcón sigue chillando y batiendo espantosamente las alas en medio de la calzada. Ella levanta la cabeza y mira hacia la carretera, pero no hay ningún coche a la vista. El calor del asfalto está empezando a abrasarle las suelas de crepé de sus zapatillas de deporte, y eso la hace saltar sobre uno y otro pie. Se acerca un poco al pájaro, todavía cogiéndose la cara con ambas manos y avanzando en pequeños y afectados pasos de niña como si tuviera miedo de caerse en un profundo agujero. Intenta hablar con el halcón con la voz que utilizaba para hacerlo con los perritos y las tortugas marinas. -Ay, pobrecito. Pobrecito. No pasa nada. Todo irá bien. Es terrible, terrible.
El halcón se calma por momentos y se alisa las plumas del cuello, como si encontrara algo tranquilizador en la voz, como si estuviera escuchando de verdad. Su pecho desgarrado palpita sin control. El ojo amarillo parpadea mecánicamente. Su cabeza se ladea sobre sí misma y entonces el pájaro vuelve a explotar en convulsiones salvajes y chillidos agudos, y la sangre sale disparada a chorros hacia el cielo blanco. Corre otra vez hacia el coche y coge su remera del asiento trasero. Es su remera del instituto, con la palabra "MUSTANGS" escrita delante y debajo un caballo salvaje galopando, la crin y la cola balanceándose con un imaginario viento de la pradera. Otra vez, mira a derecha e izquierda de la carretera pero no ve nada, sólo los extraños rayos metálicos de calor que reverberan en las salinas y una gaviota solitaria planeando hacia el sur. Se dirige hacia el halcón con la remera en la mano, como si fuera un torero tanteando cautelosamente a un toro joven. No sabe muy bien cómo capturarlo, si arrojar la remera encima del pájaro moribundo o intentar cogerlo y envolverlo rápidamente. No tiene ninguna experiencia con halcones. Empieza a repetir "Dios mío" de nuevo, pero esta vez se interrumpe enseguida, dándose cuenta de lo patético e impotente que suena en el espacio infinito. Vuelve a utilizar su voz para cachorritos pero también desiste y opta por el silencio. El silencio la asusta mucho, la asusta más que los chillidos del halcón y el viento gimiendo a través de los bancos desolados, sin árboles. Se acerca y ve que el pájaro tiene una herida grave en la parte izquierda. "Seguramente un coche lo ha golpeado cuando estaba elevándose de la zanja -piensa-. ¿Por qué no se parará nadie? Es lógico pensar que uno se pararía de haber golpeado un pájaro así. Un pájaro tan increíble. No es como golpear un cuervo o un gorrión. ¡Es un halcón!¡Mira qué halcón!¡Es enorme!¡Es increíble!¡Mira su ojo!". Nunca ha estado tan cerca de un halcón. -No puedo creerlo -susurra-. Eres tan bonito. Eres la cosa más bonita que he visto en mi vida. Eres un halcón precioso.¡No hagas eso!¡No hagas eso!¡Por favor, no hagas eso! -exclama cuando el halcón tiene otro ataque y empieza a batir su ala sana. Se lanza rápidamente sobre él e intenta aferrar toda el ala gigante con la manga de su remera, pero el halcón da un golpe brusco con el pico y las garras, haciendo un horrible ruido sibilante. Se echa hacia atrás y siente una repentina necesidad de dejarse caer de rodillas y ponerse a llorar. Quiere ponerse a llorar desconsoladamente. Quiere acurrucarse y que todo desaparezca. Baila en pequeños círculos en medio de la carretera vacía, saltando y golpeándose las caderas con la remera. -¡Dios mío!¡Dios mío! ¡Dios mío! -grita. Nada le contesta. Se queda inmóvil. El halcón hace lo mismo y la mira con su ojo amarillo parpadeante, la pupila negra fría como una piedra en el centro. Su pico está abierto del todo, intentando coger aire. Puede ver la cuña rosada de una lengua. Oye cómo chasquea en lo hondo de la garganta. -Déjame agarrarte,¿de acuerdo? -le pide suavemente-. Deja que te envuelva y te lleve conmigo. Encontraré a alguien que te haga sentir mejor. Alguien que te cure.¿De acuerdo? El pájaro sólo parpadea. Su cabeza se mueve de un lado para otro, desconcertada. -Te prometo que no voy a hacerte ningún daño. Te lo prometo. Sólo quiero salvarte, eso es todo.¿No quieres que te salve? El pájaro deja escapar un chillido diferente, una especie de ruido crujiente más grave, y entonces deja caer su cuello hacia atrás, encima del ala herida. Su pata se retuerce y su ala sana se extiende del todo por encima de la línea blanca de la carretera como si fuera un exótico abanico japonés. -¡No te mueras! -le grita-. Por favor, no te mueras. No podría soportarIo.¡No quiero que te mueras! Se acerca al pájaro y lo sujeta con la remera. Se sorprende de lo fácil que resulta. El halcón casi no se queja. Mueve la cabeza, con las plumas erizadas, y arquea el pico abierto hacia la barbilla de ella. El ruido sibilante vuelve otra vez. Le da la vuelta y ata las mangas de la remera en el pecho del pájaro. Tiene las manos y los brazos manchados de sangre. Huele a salvaje. Más salvaje que la sangre humana, como a metal oxidado. Corre hacia el coche, con el halcón en los brazos, apretado contra su estómago. De repente, un camión surge de la nada, pero no puede soltar el pájaro para hacerle señales. Se gira en un círculo muy pequeño, siguiendo el camión con sus ojos desesperados mientras éste pasa volando en dirección a Winemucca. Ve con claridad al conductor. La está mirando directamente desde lo alto de la cabina. Él ve a una chica con una remera manchada de sangre, gritando con pánico. Ella ve una barba rubia, unos ojos azules, y un gorro de esquí negro calado hasta las orejas. Ella grita "¡Pare! ¡Pare! ¡Pare, por favor!" y parece, por un segundo, que el camión va a pararse. Disminuye la velocidad y empieza a desviarse hacia un lado. Los frenos chirrían y sacan humo. Uno de los neumáticos traseros se para, chirriando. Huele a goma quemada. Entonces, antes de que pueda empezar a sentirse aliviada, el camión acelera y se mete otra vez en la carretera. -¡Espere! -grita, pero él ya está cambiando de marchas, y se pierde en una larga columna de polvo blanco que centellea azul y dorado bajo el sol deslumbrante. El halcón la golpea en el estómago con su fuerte pata. Ella lo deposita con cuidado en el asiento trasero del coche, comprobando el nudo del pecho y pidiéndole que aguante, que no se muera, que encontrará ayuda y todo saldrá bien. De alguna manera tiene que ocurrir un milagro.
Conduce hacia Salt Lake, hablando con el halcón con la voz que utilizaba con su hermano pequeño cada vez que éste se metía en líos, cuando había hecho algo de lo que su padre no debía enterarse. El halcón no deja de parpadear. Ella mueve el retrovisor para poder ver su ojo amarillo. Alarga el brazo, enseñada, y sus dedos acarician levemente la urna fría de cerámica verde. Su cuerpo se relaja y empieza a sentir una tranquilidad extraña con la idea de que es la única responsable del herido y de la muerta. Se siente segura, ahora que puede visualizar el final de esta situación, sea cual sea el resultado. De repente enciende la radio y sintoniza una emisora de grandes éxitos: Clyde McPhatter canta "A Lover's Question" con una voz de falsete agudo e inmaculado. Su voz se derrite dentro de ella y parece tener el mismo efecto balsámico sobre el halcón. No puede creer lo tranquilo que está. No tiene ni idea de dónde encontrará ayuda para curar a un halcón herido pero, sea corno sea, eso no la preocupa. El pánico la ha abandonado. Continúa inclinándose sobre el volante de vez en cuando, mirando por el retrovisor, observando el ojo parpadeante para asegurarse de que no se ha muerto. Piensa en su hermana Sally y los cien dólares. Ese pensamiento le vuelve una y otra vez, corno una mala costumbre. Piensa en Wisconsin y todos los familiares esperando las cenizas de su madre. Empieza a ver sus caras: tías y tíos, primos a los que ha perdido la pista, niños a los que no sabe qué lazos la unen. Se deja llevar por visiones del funeral, caras llorosas, versos bíblicos, alguien cantando. De repente el halcón se vuelve completamente loco y se libera de golpe de su cautiverio dentro de la remera, chillando corno un alma en pena. Ella se vuelve rápidamente y lo ve pegado contra la ventanilla de atrás, con las alas extendidas al máximo, inmóvil corno una gárgola medieval. El coche da bandazos y choca contra la zanja, tirando la urna de cerámica verde al suelo. Las cenizas se esparcen por el salpicadero y el cristal delantero. Una nube envuelve la tapicería. Empieza a inhalar las cenizas mientras se agarra salvajemente al volante fuera de control. Su madre le ha entrado en los pulmones. El halcón es arrojado hacia delante, con las garras negras estiradas, en tensión, cogiendo aire y enredándose en el pelo rojo de ella. Ella grita exactamente con el mismo tono que Clyde McPhatter. El coche se detiene en seco en una duna de arena pero el motor continúa encendido. "A Lover's Question" sigue sonando. Sale del coche de un salto con el halcón todavía enredado en su pelo. Golpea el cuerpo sangrante con sus pequeños puños blancos y se revuelca por la arena como si intentara apagar un fuego inesperado. El halcón se libera y se aleja volando como si nunca hubiera estado herido, impulsándose con ambas alas, planeando hacia abajo y batiéndolas para ganar altura. Lo observa desde la arena mientras se aleja. La radio continúa sonando. El motor sigue zumbando. El viento gime sobre la llana y desolada extensión. Se queda boca abajo durante un largo, largo rato hasta que recupera el aliento. Su cara está cubierta de cenizas. Cuando se pasa la lengua por los labios, nota que muchas partículas se le han quedado pegadas. Su madre sabe a sal. Tarda más de tres días en llegar a Green Bay, y cuando por fin lo hace, se ha olvidado por completo del halcón. Las calles están cubiertas de pancartas verdes y doradas. Montones de nieve manchada de barro y gasolina, restaurantes Dairy Queens, taxidermistas, fábricas de queso y cachivaches del equipo de los Packers a precios ridículos. Busca la dirección de su tía Dottie. Se acuerda de alguna de estas calles de cuando era muy pequeña. Se acuerda de su madre tirando de ella y de su hermana en un carrito rojo con listones de madera a ambos lados para que ninguna de las dos se cayera. Casi no se acuerda de su padre. Recorre el cuello sedoso de la urna verde oscuro con sus dedos y piensa que ésta será la última vez que tendrá a su madre para ella sola. Comprueba que la tapa está bien cerrada. Consiguió recoger la mayoría de las cenizas esparcidas, las sacudió de sus zapatillas de deporte y las puso otra vez en la urna, pero pequeñas motas de su madre siguen pegadas a las alfombrillas de plástico y al salpicadero, y algunas seguro que se perdieron para siempre en la enormidad blanca de los páramos de Utah. "Nunca notarán la diferencia -piensa-. Nunca sabrán que no está toda ahí." Ve la casa de su tía y tuerce por un caminito estrecho, pensando que parece mucho más pequeña de lo que recordaba. Su corazón se acelera por alguna razón, como si tuviera algún motivo para sentirse culpable. Su hermana Sally está ahí, de pie en el porche, como si la hubiera estado esperando todo el tiempo. Nadie más, sólo Sally. Apaga el motor y coge la urna de color verde oscuro con ambas manos, agarrando el cuello delgado, rezando para que no se le caiga. Sally le abre la puerta del coche y le coge la urna, y las dos notan el repentino peso de su madre entre ambas. Las hermanas se sonríen, y entonces Sally dice: -¿Has traído mis cien dólares?

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